21 de abril de 2018

Análisis God of War [PS4]


Tanto la nueva Lara Croft como el último Nathan Drake son protagonistas más autoconscientes del entorno que les rodea, más sufridos. Ella ya no es la aventurera invulnerable que se apañaba sin despeinarse, ni él es el cazatesoros despreocupado que se permitía ser entonces. En nuestra industria existe, sino una corriente, sí una intención emergente de hacer que algunos antiguos compañeros de aventuras toquen de pies en el suelo, aunque solo sea un poco, e intentar conseguirlo cuando tu protagonista es un dios no es tarea fácil.

Quienes acompañasen a Kratos por su periplo griego sabrán que unas veces actuó por justicia y otras por impulsividad, lo que derivó en un caos en el que no solo pagaron los culpables, también quienes simplemente se cruzaron en su camino. Dar carpetazo a algo así es como contener una olla a presión; tarde o temprano los fantasmas terminan regresando, nunca mejor dicho.


Este God of War, uno sin numeración ni subtítulo, es una aventura más cómoda con las moralejas que con las soluciones expeditivas, más preocupada por construir que destruir, y eso es algo que se impregna en cada una de sus extremidades y que se lleva hasta las últimas consecuencias. Historia, combate, verticalidad y otras gratas sorpresas son algo que empieza contenido, encadenado, y que va cociéndose a fuego lento. Pero tranquilos que estalla, y de qué manera.

Legado. Esa es la palabra que, una y otra vez, ha resonado en mi cabeza durante las más de 30 horas que estado en Midgard y los otros lugares de este mundo nórdico. God of War es un videojuego sorprendentemente consciente de dónde viene, a pesar de que a casi todos los niveles visuales (encuadre, estilo, paleta) esté innovando, de que su combate sea uno más pesado y visceral y de que, repetidamente, toda acción tenga su motivo y sus consecuencias inmediatas. Su lección o sermón.


A medida que sale de su crisálida, la obra de Santa Monica también va reencontrándose con viejas costumbres y retoma aspectos como la mejora de las barras de vida y magia, la ocultación de numerosos cofres con potenciadores, los rompecabezas ingeniosos (más que nunca) la ida y venida a determinadas zonas centrales que sirven de nexo y otras sorpresas que es mejor no desvelar. Por que sí, el salto a PS4 supone un nuevo punto de partida, pero hay multitud de sorpresas que remiten a un pasado que no está de más conocer y haber jugado.

El motivo de la aventura es una clara referencia al relato clásico. Padre e hijo inician un viaje para coronar la montaña más alta del mundo, y ahí esparcir las cenizas de una madre que así lo quiso antes de morir. Es un tema que se explota de varias maneras y que sirve de pretexto para que dos personas, Kratos y Atreus, se conozcan, intimen y aprendan el uno del otro. Volvemos al legado, y cambiamos una franquicia más preocupada en poner el mundo patas arriba por una que ahora reflexiona sobre qué la ha llevado aquí, y también se preocupa por saber qué puede dejar para el futuro.


Y todo ello viene apoyado por unos valores de producción que hacen que PS4 vuelva a romper su techo. Este God of War es posiblemente su exclusivo más potente a nivel visual, gracias a unos escenarios tremendamente detallados y variados, a unas expresiones faciales y a unas texturas casi tangibles y a unas partículas de luz que hacen de chispa, de destello mágico, de haz de energía y de mil cosas más. Son varias las veces en las que se me ha escapado un suspiro ante lo visto y oído, y también muchas las situaciones en las que la emoción crece al saber que me toca ir a determinado lugar, escalar tal sitio o hablar con equis criatura. Es aventura y descubrimiento con todas las letras, un viaje que además se permite el lujo de evitar tiempos de carga (gracias a un pequeño truco que hace unas trampas muy bien disimuladas) y de enseñarlo todo con una ‘cámara’ siempre dentro del mismo plano.

El combate es fiero y directo, pero también estratégico. Cuando es el turno de la acción toca saber moverse, priorizar entre tipos de enemigos que irás conociendo, conocer puntos débiles y ayudarse de un Atreus que también irá mejorando su participación. Entre menús encuentras un sistema de progresión por niveles regidos por tu equipo y armas, los cuales te permitirán ir desbloqueando nuevos movimientos para Kratos. No es la única manera de ampliar el arsenal; también cuentas con ataques rúnicos que ir equipando (dos por arma, como máximo) y que también tienen varias fases de desbloqueo. Todo crece menos la cantidad de armas que llegarás a tener, aunque en el global es un apunte que queda más que compensado.


La oferta se redondea con un mundo con multitud de tareas opcionales y un contundente contenido post-juego, extras que saben fundirse con la trama principal y que logran desvanecer cualquier posible sensación de recadero. Este nuevo episodio ha puesto mucho ahínco en este aspecto, y no solo ha buscado ampliar su propuesta sino que también se ha preocupado de ofrecer coherencia y personalidad a prácticamente todo; sus herreros, sus viajes rápidos, sus desviaciones en el camino no desentonan ni una pizca con tu cometido.

Cory Balrog y su equipo han conseguido algo encomendable, han dado una nueva lectura a un personaje que parecía no dar más de sí, lo han apoyado en una propuesta con muchos aciertos, la han tratado con un tono reflexivo que le sienta de maravilla y han logrado que esto siga considerándose un God of War. El viaje a tierras nórdicas es un batido de emociones en el que mantendrás la respiración, gritarás, te llevarás las manos a la cabeza y hasta puede que llores; es de aquellos lanzamientos que hacen zozobrar tu lista particular porque te encandila desde muchos frentes.


Quizás echo en falta un plataforma más elaborado, o que la interacción en las grandes secuencias palomeras no se reduzca a machacar botones y a aprender un sistema de combate muy básico, similar al duelo de sables de Uncharted 4, aunque no dejan de ser pequeñeces. Los golpes sobre la mesa son más contundentes, y humildes. Porque podría decir Kratos se habrá ido de Grecia pero sigue en el Olimpo, pero es que el nuevo God of War no entiende de grandilocuencias, no son lo suyo, baja al barro para contar algo y lo hace sin renunciar a una historia de proporciones épicas, y quizás por eso lo es más que nunca.




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